usuarix

Desde hace años vengo pensando para quién investigamos y publicamos. Nos preocupa demasiado la versión y la experiencia del “Sur Global”. Ahora preferimos llamarlo “Mayoría Global” porque entendemos que se trata de una población y un territorio más grande de lo que se suele considerar al diseñar tecnologías que, como internet, una vez desarrolladas, implementadas y desplegadas sobre los “mundos” que las crearon (esos que llamamos “Norte Global”), se aplican sin mayor entendimiento sobre “El Sur” para contribuir a su “desarrollo”.

Me pregunto si hablando más de cómo se usa y desarrolla tecnología en “El Sur” será posible superar ese imaginario del desarrollo que viene de las potencias económicas. O si, por el contrario, sirve para reforzar la idea de que en la “Mayoría Global” tenemos todavía muchos retos para contar con una institucionalidad fuerte que proteja nuestros derechos... Es decir que sigamos alimentando un deseo de “desarrollo” que viene dado por los mejores referentes del “Norte”. ¿Tenemos alguna salida a este círculo vicioso? ¿Podría “El Sur” tener una agenda propia?

Lo que sí he confirmado en estos años es que muchos proyectos, investigaciones o contenidos sobre internet y las tecnologías digitales, buscan incluir la visión, o la experiencia o el impacto (de cualquier problemática) en el Sur Global. Y mientras tanto, hay un montón de debates críticos, sobre todo en el ámbito técnico, que se dan en “El Norte”, y sobre los que no tenemos idea. O quizás solo tienen idea quienes en “los sures” están donde ocurren estos debates “de nicho”.

Más adelante quisiera hablar sobre todos los sures que existen en “El Sur Global”. Pero por ahora, quiero empezar a reunir noticias y opiniones de temas que parecen muy “del norte” (y normalmente escritos en inglés), pues creo que voltear la mirada puede servir como referente para imaginar otras alternativas. Este es un proceso de pensamiento en borrador, para que vaya tomando forma al colectivizarse. Si está leyendo y le quedan ganas de comentar, sigamos conversando con cualquier@usuarix.net

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Empecemos con las niñas, niños y adolescentes, una población que requiere protección extra para no ser víctima de los abusos que facilita internet. En varios países se está regulando la restricción de edad para uso de redes sociales y otros servicios en línea, y distintas empresas han desarrollado tecnologías de vigilancia para asegurar el tráfico de información entre dispositivos que usan las niñeces. Esta semana, el investigador de seguridad Paul Moore publicó un análisis (con advertencia de contenido) del celular Fuse, publicitado como “el teléfono más seguro del mundo”, especialmente diseñado para proteger a niños y niñas con un filtro de contenido basado en IA llamado HarmBlock, que consiste en escanear todas las fotos que hay en el teléfono y bloquear temporalmente cualquier foto con contenido que sea reconocido como nocivo. El resultado del análisis es desastroso, demasiado deficiente en materia de seguridad, pero no solo por la tecnología de vigilancia y bloqueo basada en IA, HarmBlock, que por cierto es desarrollada por el proyecto SafeToNet y que está siendo implementada también para dispositivos Intel. Revisar este documento puede ser muy pedagógico sobre todo lo que podríamos evitar al crear una tecnología.

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Si hay un tema mediáticamente globalizado en estos tiempos es la IA, en sus distintas dimensiones. Pero también el hecho de que la actividad en línea es riesgosa, no solo para las niñas, niños y adolescentes, sino también para las mujeres y otras identidades de género no normativas. Hace unos días, el analista Dwayne Monroe escribió una columna corta de opinión donde se refiere a la que él llama “inquisición” contra las mujeres que son críticas de la Inteligenica Artificial General (AGI, por sus siglas en inglés). Se mencionan los múltiples ataques que algunas investigadoras de renombre como Olivia Guest, Timnit Gebru, Emily Bender o Iris van Rooij reciben en sus redes sociales (Bluesky específicamente), los cuales son orgánicos, pero también orquestados por empresas dedicadas a este negocio.

Lo cierto es que los ataques en redes sociales contra las mujeres ocurren no solo en el ámbito publicitario de los productos tecnológicos, sino también en el ámbito político. Hace unos días, el medio independiente Cuestión Pública, de Colombia, publicó un análisis de los bots detrás del tráfico de información en X, controlada desde la presidencia de la república, y que ataca especialmente a mujeres que participan en política. Estos son solo dos ejemplos de una práctica sistemática dentro de la web, pero el canal importa: ¿qué diferencias hay entre el comportamiento en X o Bluesky como plataformas de interacción social? Este es el tipo de preguntas que en adelante seguiré explorando por aquí. Y también importa, como veremos en seguida, que la misoginia sea un discurso central que refuerza las narrativas de derecha, fundamentalistas religiosas y, cada vez más, abiertamente fascistas.

Hace varias semanas hay una campaña para dejar de utilizar servicios como Digital Ocean o 1Password, porque han empezado a financiar el proyecto Omarchy, una distribución del sistema operativo Arch Linux, cuyo líder principal es el creador del lenguaje de programación RubyonRails, y quien es reconocido por sus mensajes racistas y fascistas. Omarchy está enfocado al uso de agentes de IA para el trabajo, y seguramente por eso está buscando (y encontrando) enorme financiación. No me extenderé en este tema, porque varias personas han escrito (en inglés) al respecto y vale la pena leerlas, así sea con ayuda de un traductor. Pero nos queda la pregunta, para nada nueva, sobre el valor que damos a las herramientas tecnológicas que usamos, y los valores que predican y practican quienes crean y desarrollan esas herramientas. O en otras palabras, el sesgo que traen esas herramientas por cuenta de quienes las desarrollan, cómo y en dónde. Otro tema que seguiré rumiando por aquí.

Por ahora, me parece importante volver sobre el carácter de los proyectos Open Source (de código abierto) o FLOSS (de software libre), a propósito del uso de herramientas de IA para el desarrollo de software. Importante resaltar que, como menciona tante en su columna Usurpación de poder, Digital Ocean dejó de dar apoyo financiero a proyectos FLOSS como Flathub y GNOME, para empezar a financiar Omarchy. Importante porque proyectos como GNOME están desarrollando políticas internas sobre el uso de LLMs (Large Language Models, o Modelos de lenguaje a gran escala, un término más técnico para referirse a lo que popularmente conocemos como IA), que buscan incluso prohibir cualquier contribución mediada por LLMs en sus proyectos o su infraestructura.

Como plantea diegoebe en su post (en inglés) sobre el progreso a toda costa, el debate sobre el uso de LLMs en los proyectos FLOSS responde a dos aproximaciones dentro del movimiento de software libre (o de código abierto): entre el “colectivismo” o el “completismo”. El colectivismo valora el desarrollo comunitario, y el gusto por hacer con otras personas; el completismo, en cambio, valora la eficiencia y el fin de cada proyecto, la funcionalidad de lo que se está desarrollando. Como dice, la base de un proyecto FLOSS son los principios que lo rigen:

“GNOME no necesitó LLMs para generar 30 años de ingeniería creativa, diseño, localización, inclusión y colaboración compartida entre personas de todo el mundo. No tiene por qué deshacerse de este increíble legado simplemente porque los LLMs aprovechan nuestros peores impulsos individualistas” (la traducción es mía).

Claramente, lo que está de fondo en este debate es qué entendemos a estas alturas por “libre” y “abierto” en el mundo del software. Me hace recordar ese artículo de 2023 sobre el carácter (falsamente) “abierto” de OpenAI, de David Gray Widder, Sarah West y Meredith Whittaker, que fue comentado por Cory Doctorow. Pero volviendo a los tiempos de hoy, el programador Glyph publicó hace unos días el texto ¿De quién se trata el software de código abierto? (en inglés, obviamente) donde se refiere más a los intereses y beneficios implícitos en la motivación para desarrollar (y consumir) software libre o de código abierto, que constituyen su marco ético. Y cómo este marco se queda sin fundamento cuando el desarrollo se hace dependiente de LLMs, a través de acuerdos y piezas de código opacamente incluidas en los productos finales. Este es un debate de muy largo aliento que seguirá vigente incluso cuando la fiebre de la IA y los LLMs haya bajado un poco.

Muchas personas (quizás son en su mayoría hombres cisgénero) que desarrollan software, se han dejado seducir por la velocidad y facilidad con que las herramientas de IA les asisten, o les alientan, o les reemplazan en su trabajo, ahorrándoles tiempo y esfuerzo. Pero cada vez hay más gente desilusionada con los resultados de esta “asistencia”. Como dice el desarrollador Manuel Bustillo después de un mes de no utilizar IA para su trabajo, “el aumento del rendimiento de la IA no es más que una ilusión. Sin embargo, lo que sí está garantizado es un aumento de la frustración y el agotamiento”.

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Otra de las dimensiones de la IA, de la que se habla cada vez más, es su materialidad. La energía necesaria para entrenar los LLMs y mantener funcionando los sistemas: los centros de datos. La semana pasada, el Departamento de Protección Ambiental de Nueva Jersey (EEUU) impuso la multa más alta, hasta ahora, a un centro de datos, por utilizar generadores de energía a gas sin autorización estatal. La multa de 1.07 millones de dólares se impone a DataOne, encargado de la construcción de las instalaciones, en el marco de un proyecto de alrededor de 17 mil millones de dólares, entre Microsoft y Nebius, de infraestructura para potencia computacional de IA.

Según reportó hace unos días el grupo de investigación Stand.earth, en el estado de Virginia Occidental (EEUU), Microsoft estaba involucrado en la construcción de otro centro de datos, pero se rumora que abandonó el proyecto, y en cambio, Anthropic firmó un acuerdo por 45 mil millones de dólares con Nscale, constructor de las instalaciones. Además, la semana pasada el escritor David Gerard comentó sobre otro proyecto de centro de datos en Nuevo México, esta vez de Oracle y OpenAI, cuya puesta en marcha se ha ido dilantando por meses, porque aún no cuenta con los permisos necesarios para asegurar la provisión de energía necesaria.

Se trata de un drama financiero entre gigantes en el negocio tecnológico, pero ¿podríamos pensar que todo esto da cuenta de algún mínimo avance en el declive de la IA? Quizás lo sepamos después. Por ahora, qué útil es este atlas para ubicar los centros de datos en el mundo, y pensar colectivamente, ¿qué podemos hacer donde todavía no está una porción tan grande del territorio ocupada por este negocio? Y no olvidar los criterios que tienen las empresas para proyectar sus centros de datos, allí donde mejor sirven a su negocio, no donde puedan tener el menor impacto.

Ya sé que este primer intento parece interminable, pero no quiero dejar de mencionar que, mientras muchas personas se escandalizan por la extracción indiscriminada de contenidos por parte de OpenAI y otros magnates de la IA, las universidades y bibliotecas más “prestigiosas” se dejan apoyar en la digitalización de su archivo, y así contribuir a la preservación del conocimiento en la forma de más y más grandes LLMs. Esta información llega muy a propósito de la Semana Internacional del Acceso Abierto (#OAWeek2026), y la propuesta que hacen desde México para conversar sobre el precio de acceder y compartir el conocimiento los próximos 13 al 15 de octubre. Se puede participar vía Zoom, registrándose aquí.

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En próximas ediciones quiero explorar mejor eso que llaman “soberanía digital”. A manera de abrebocas, me parece interesante mencionar la más reciente versión de Nextcloud, y los avances en su suite de oficina (EuroOffice) que están desarrollando para reemplazar OnlyOffice, y la cual según dicen, concibe a la comunidad como parte integral de su desarrollo. Pero cuando hablamos de soberanía (en cualquier terreno), ¿de quién hablamos y a qué nos referimos? Al respecto, me pareció interesante este artículo en el substack de @versioncriolla, enfocado en Panamá, sobre los beneficios económicos que puede dar un modelo empresarial de servicios de telecomunicaciones (primera parte), o de servicios aéreos (segunda parte), en beneficio del país donde se proveen estos servicios. Aunque ahí no se hable de soberanía, valoro que se hable de la materialidad, y de la economía política de las comunicaciones y el tráfico. Seguiremos explorando.

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Ahora sí por último, y porque necesitamos inspirarnos con las posibilidades, aunque no siempre se vean tan nítidas, comparto Clubhouse, un espacio de trabajo virtual (un canal IRC) enfocado en la colaboración, el apoyo mutuo, la orientación y el intercambio de conocimientos entre personas creativas, especialmente quienes trabajan de manera independiente. Tristemente, me temo que será un espacio en inglés (para variar), y me pregunto, ¿sabemos configurar y utilizar un canal IRC? ¿Por qué querríamos hacerlo en estos días? Bonito aprender, en cualquier caso, y que haya gente queriendo hacerlo.

Nada nuevo, nada único, nada en solitario. Ahí está mucha de la inspiración <3

¡Hasta la siguiente!

Empezar por el cuerpo de quien utilizaría una radio

Mi historia con las tecnologías consiste en aprender a usarlas bien. Aprovechar lo que ofrecen, sin entender -y sin preguntar- cómo es que pueden ofrecer esas -o quizás otras- funcionalidades. Estoy segura que esta historia está determinada por la educación femenina que recibí, y la socialización en una ciudad “del tercer mundo”, como en la que crecí durante la década de los noventa. Pero en mi historia con las tecnologías también he aprendido que, aunque mi experiencia personal responda a patrones de todo tipo, y esté determinada por las condiciones sociales de mi contexto, se trata de una experiencia única, y esa es por la que puedo hablar. Entonces prefiero no hacer generalizaciones.

Por suerte dentro de esa historia hay algunos momentos de ruptura en los que ha llegado la pregunta sobre cómo funcionan las tecnologías que utilizo, y cómo me afectan esas tecnologías. Porque, como también he aprendido, no se trata solo de internet o los aparatos que utilizo, sino de una relación estrecha entre mi cuerpo y su entorno, y de la interacción entre ambos, donde todo el tiempo se está moldeando un algo muy complejo entre lo que alguien más ha fabricado; la manera como eso está configurado; mi capacidad intelectual y motriz para utilizarlo; y el sentido que su uso tiene para el resto de mi vida, que es otro algo más complejo, sobre lo cual no vamos a hablar aquí.

Pero volviendo sobre los momentos de ruptura, creo que es ahí cuando más preguntas me han surgido y cuando más he podido aprender. Que se rompa la comunicación, por ejemplo, que falle internet ha sido una de esas rupturas. Porque, para mí, internet llegó desde muy pequeña como una forma de comunicación inmediata con personas de lejos. Al comienzo tomaba tiempo conectarse, era necesario desconectar el teléfono, entender que cada segundo de conexión era costosísimo, y una vez dentro, buscar en una red de personas desconocidas y aventurarse a empezar una conversación, y que a veces se perdiera la conexión y empezar de nuevo con el proceso. Luego desconectarse porque ya se había superado el tiempo permitido, y esperar con ansias a la siguiente oportunidad.

Casi treinta años después, y una serie de cambios -o como dicen, evolución y mejoras tecnológicas-, cuesta recordar que la comunicación a través de internet no siempre fue tan fácil ni tan rápida como sacar un celular, y en un chat o un feed, scrolear para actualizarse de lo que está pasando en las noticias y en las vidas de toda una red de contactos. Lo cierto es que internet todavía falla, y gracias a eso he podido conocer un poco de infraestructura, y todas las tecnologías que existen para hacer posible internet, y todas las tecnologías que han existido antes, y en paralelo con internet.

“Todas” es una palabra muy grande, y esas tecnologías son muchas. Aunque no entienda del todo cuáles son y cómo funcionan, hacer de internet “una más” de las opciones posibles me ha dado una sensación de tranquilidad, de confianza y de capacidad que difícilmente experimenté alguna vez navegando en línea.

Bien sea por falta de capacidades o por falta de acceso, el usuario no tiene control total sobre lo que usa.

Según la Wikipedia, “los usuarios de sistemas informáticos y productos de software generalmente carecen de la experiencia técnica necesaria para comprender completamente cómo funcionan (estos sistemas)”. Y aunque existan usuarios avanzados, en la definición aceptada institucionalmente del español, usuario es quien “tiene derecho de usar una cosa ajena con cierta limitación”.

Esa limitación en el uso es lo que determina que las cosas no sean propiedad de quien las usa.

Por otra parte, aunque la RAE diga lo contrario, en la lengua española no es lo mismo ser usuario que ser usuaria -en su acepción feminizada–. Me atrevo a decir que nunca es lo mismo, pero definitivamente, cuando se trata de informática, no tiene nada que ver.

¿Existe una manera neutra de referirse al usuario?

Neutral no es lo mismo que universal, ¿o sí?

Usuarix, como se nombra este blog, divaga sobre lo sutil y lo tremendo que puede ser usar las tecnologías desde cuerpos y posicionamientos diversos. A ver qué sale.

La infraestructura es un soporte: un camino, un edificio, un cable, un centro de datos. Mientras funciona puede ser casi imperceptible, pero está ahí. En el mundo digital, las infraestructuras son físicas y lógicas. Son los materiales, equipos, protocolos y códigos que hacen posible el almacenamiento y el tráfico de la información. ¿Qué significa equidad y sostenibilidad en el contexto de las infraestructuras digitales?

Esa pregunta fue el punto de partida del grupo de trabajo sobre infraestructuras sostenibles, durante el encuentro Green Screen que se realizó en Costa Rica del 9 al 11 de junio de 2023. La mayoría de respuestas apuntaron a la disparidad de poder alrededor de las infraestructuras: a quién pertenecen, cómo se financian, quién puede desplegarlas y mantenerlas; a qué valores y principios responden; cómo asegurar transparencia y responsabilidad respecto a la manera como se gestionan las infraestructuras; quién puede tomar las decisiones.

Durante la misma conversación, alguien apuntó cómo el término “sostenibilidad” ha sido utilizado por gobiernos y corporaciones para justificar la explotación del trabajo y de la tierra en beneficio del capital. Esto suscitó nuevas preguntas, sobre las que me quiero concentrar en este texto: ¿sostenibilidad para quién, y para qué? ¿Acaso necesitamos otro término?, ¿o tiene sentido disputar el significado de este?

Un estándar

Grandes cuerpos de estandarización técnica como la IEEE o la IETF cuentan hoy con programas de sostenibilidad que buscan generar indicadores para medir el impacto ecológico, tanto de las tecnologías que producen como de su propio funcionamiento organizacional, con el fin de reducir sus emisiones de carbono. Si bien estos son espacios de gobernanza multisectorial, es decir donde participan la industria, las comunidades académicas, los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil, sus estándares son desarrollados principalmente por y para la industria, por lo que responden a intereses y capacidades muy específicas en términos de inversión requerida y escala.

Desde 2015, en la IEEE se han desarrollado estándares técnicos para calcular las emisiones de las infraestructuras, para desarrollar arquitecturas digitales energéticamente eficiente y para el procesamiento distribuido y eficiente de Big Data, entre otros objetivos. En IETF, que inició su trabajo en materia de sostenibilidad e impacto ambiental durante la pandemia por COVID 19, actualmente se encuentran en desarrollo al menos dos borradores: uno que propone un modelo de datos durante todo el ciclo de vida del manejo y operación de redes, y otro que propone un marco para planos de control que consideren el gasto energético en grandes infraestructuras de datos.

Algunas de estas iniciativas responden a regulaciones, principalmente europeas, que a su vez están alineadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) propuestos por las Naciones Unidas en 2015, y específicamente con el Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Lo que se busca con estos estándares es una correcta medición, evaluación y reducción de la huella energética de las infraestructuras digitales, que en este contexto juegan un doble rol porque, al tiempo que es necesario reducir su impacto ambiental y sus efectos sobre el clima, suponen una oportunidad de innovación única para alcanzar otros Objetivos.

La idea de hacer sostenible el desarrollo tiene más de cuarenta años de historia y consiste en contemplar los impactos ecológicos del desarrollo sin cuestionar el crecimiento económico, algo que se contradice con la idea misma de “sostener”, en el sentido de “limitar el crecimiento”. Así, no es sorprendente que en una región como América Latina, la sostenibilidad y la eficiencia energética sean una prioridad de los operadores de redes, muy por encima de otros asuntos como la seguridad en la red; o que mientras vivíamos la pandemia por COVID 19, en 2021 la inversión privada en start-ups de tecnología haya aumentado en casi tres veces con relación a 2019.

En un contexto generalizado de crecimiento del mercado digital, el desarrollo sostenible se manifiesta en reemplazar las fuentes de energía para las infraestructuras, utilizar modelos más eficientes para gestionar incuestionables -y también crecientes- cantidades de datos, y mantener la calidad de servicios cada vez más populares, como la transmisión de video. Mientras tanto, solo en América Latina el porcentaje de población que teletrabaja se acerca a un 35%, principalmente en servicios profesionales científicos y técnicos, en educación y en servicios financieros.

¿Quién sostiene?

Desde la perspectiva del desarrollo, la sostenibilidad debe ser ambiental, pero también social y económica. Y ante la inminente crisis climática, pareciera ser el único paradigma que nos permitirá salvar el mundo, pero ¿quién es exactamente “nosotros”? En los últimos años se ha hecho cada vez más común la idea de que la Inteligencia Artificial (IA) es una gran solución para el desarrollo sostenible, y las ciudades inteligentes el escenario donde esta solución puede ser mejor desplegada, siempre que se consideren sus riesgos, y se trabaje para que esta tecnología cumpla también con estándares de ética y privacidad.

Sin embargo, estas concepciones no consideran, por ejemplo, el impacto ambiental del entrenamiento de grandes modelos lingüísticos que sirven de base a muchas tecnologías basadas en IA, y que se espera ampliar para dar soporte a una diversidad lingüística mayor; o la precarización laboral que soporta el etiquetado de datos y la moderación de contenidos para hacer más precisos y éticos los productos de IA; o la persistente distribución geográfica de quienes realizan este tipo de trabajo.

El paradigma de la sostenibilidad se basa en estándares y regulaciones, y así se aleja cada vez más de la idea de sostener que por mucho más tiempo ha estado presente en los pueblos que defienden sus territorios, en las mujeres que cuidan la vida, en las personas que resisten a la violencia. Más allá de los compromisos corporativos, las certificaciones y los indicadores de impacto, voltear la mirada hacia el sostenimiento implica reconocer el trabajo invertido en el despliegue de las infraestructuras (digitales y no digitales) que dan soporte al sistema económico, social y ambiental en que vivimos.

Voltear la mirada hacia quién sostiene es mucho más que disputar el significado de una palabra como sostenibilidad. Permite re centrar lo importante y concebir otras formas de promover las transformaciones necesarias para seguir habitando el planeta. Una infraestructura digital sostenible requiere poner en el centro a quienes la sostienen.